Mucha gente sabe descifrar palabras, pero no sabe interpretar el sentido real de un texto, y mucho menos detectar el subtexto, la ironía o la metáfora. Eso es lo que pasa cuando se juntan el analfabetismo funcional y el emocional: la incapacidad de entender a fondo lo que se lee combinada con la falta de madurez para gestionar las propias emociones. Hoy en día, parece que mucha gente en internet no lee para comprender, sino puramente para reaccionar. Cuando tienes una alta capacidad para plasmar imágenes potentes en lo que escribes, este entorno se vuelve muy difícil. Hubo un momento en que  compartí mis escritos de manera frecuente en redes sociales,  pero la gente que me rodeaba —no todos, por suerte— convertía mis textos en sus propias batallas internas. Cuando  tus palabras despiertan imágenes tan reales, el lector proyecta en ellas sus propios miedos o traumas, y termina confundiendo tu capacidad artística con una confesión personal de tu vida privada. A esto se suma el efecto de desinhibición digital. Cuando el otro no está frente a nosotros, las personas pierden la empatía por completo. Detrás de una pantalla, se sienten con el derecho de juzgar tu intimidad a través de un poema, usando comentarios agresivos que jamás se atreverían a decirte de frente, mirándote a los ojos. No lo voy a negar: me costó mucho reconciliarme con mi escritura por culpa de esto. Me hizo dudar  durante años. Pero hoy las cosas son distintas. Al final, entiendes que el problema no era tu forma de escribir, sino darle demasiada importancia a este tipo de situaciones. Ahora que he recuperado la seguridad, la página en blanco vuelve a ser mía.

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