
Hace algún tiempo comencé a explorar una dimensión más amplia de la poesía. Llevaba años escribiendo versos bastante líricos, encriptados en el lenguaje de los símbolos. Escribir en verso —corto o largo, métrico o libre— me permitía contener por un tiempo aquella creatividad desbordante a la que siempre debo escuchar. Así fue como llegó la prosa. Cuando nos encontramos en este limbo donde las palabras quieren decir más, sentimos que la poesía se nos escapa. De cierta manera, el sonido interno del poema, al expandirse, ya no suena a una flauta dulce sino más bien a una orquesta, a una sinfonía de la cual aún no sabemos qué notas o diapasones contiene. Borges, maestro de la prosa, demostró que esta sí contenía una musicalidad: una cadencia interna y libre, invisible y exacta, que no depende del metro sino de la respiración de la frase. Esa misma musicalidad —anterior a toda técnica, idéntica al pulso de la vida— es la que sentía en sus inicios el protagonista de Gertrudis, de Hermann Hesse, cuando la música aún no era partitura sino revelación y la voz amada transfiguraba sus propias notas como el viento del Sur en un valle nevado.
La literatura de la conciencia y el absoluto en la prosa no es, por tanto, una escuela rígida ni un movimiento delimitado, sino más bien una corriente filosófica y estética transversal: una forma de escucha que atraviesa géneros, épocas y tradiciones sin pedir permiso. No prescribe técnicas, sino que reconoce una misma respiración allá donde alguien escribe desde la conciencia que se interroga y el absoluto que se insinúa en lo múltiple. Una corriente que fluye por debajo de las clasificaciones, como el agua que conecta el lago, las cuevas y los volcanes en lo más recóndito de la tierra, y que solo quien escribe con el oído atento puede oír.
Quizás, en su forma más pura, esta literatura no hace otra cosa que describir —o dejar entrever— el orden oculto del universo: aquel que no se demuestra, pero se escucha.
- Neteru Essence

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