Prosa Poética

El vacío y la eternidad
La primera vez que la vi danzar, Mara era una niña. Sus pies, cubiertos de barro fresco, aportaban plasticidad a su movimiento, o al menos eso sentí. Era una bailarina experta, aunque su habilidad ingeniosa no fuera la de una practicante avanzada. Mara bailaba en círculos, como un remolino de agua dulce, moviendo las manos hacia el cielo y la tierra; su danza era un ritual alegre, singular, desbordante, libre y espontáneo. Me quedé mirándola mientras todos aplaudían en la pileta del parque. Las campanas de la iglesia comenzaron a tocar y el reloj de la torre marcó las tres de la tarde. Mara tenía una gorra roja sobre la solera de la vereda, donde algunos le dejaban monedas en forma de ofrenda. Un día, mientras caminaba por la ciudad, vi que Mara estaba sentada afuera de un local comercial. Al lado de ella había una mujer mayor que parecía ser su madre y, al otro lado, un niño recostado en el suelo. Hacía mucho calor, tanto que mis ojos se cerraban por el exceso de luz que rebotaba, como un espejo, desde el cemento. Seguí mi camino de regreso a casa, pero antes debía pasar por el almacén. Afuera había sacos tendidos en la vereda, cubiertos de café que se secaba al sol; una anciana del vecindario los removía con una calma que parecía acariciar los granos como cabelleras de niño. Ella se me quedó mirando y me sonrió; su mirada era penetrante y sus gestos armoniosos, como alguien que ya ha vivido lo suficiente y no tiene nada que demostrar, más que su presencia. De pronto, una camioneta pasó y el momento se escapó, dejando solo gas en el aire. Entré a la tienda; compré café para filtrar, huevos y leche. Ya solo faltaban un par de cuadras para llegar a casa, un trayecto en el cual solo quedaba la presencia del sol, dorando mi pecosa nariz. Cuando crucé el umbral, percibí un sonido que venía de la cocina. Era la llave del lavaplatos: una gota de agua caía, persistente, sobre una copa a medio llenar. Todo lo demás se apagó en mi mente. Me quedé escuchando, como si un solo y simple gesto de la casa fuera suficiente para contener la mirada y contemplar lo esencial del vacío, a medias del cristal.
~ Neteru Essence

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